Hablar de sexualidad en las aulas ya no es opcional. Es urgente. Y es una responsabilidad compartida entre centros, docentes, familias y comunidad. La educación sexo-afectiva, enfocada desde el respeto, la igualdad y el bienestar emocional, no solo previene la violencia sexual, los embarazos indeseados y las infecciones de transmisión sexual: también construye ciudadanía crítica, libre y empática, especialmente entre los varones.
Así lo defiende Marina Marroquí, educadora social, divulgadora, escritora y superviviente de violencia de género en la adolescencia, en la entrevista que ofreció al podcast de EMARGI, Radikalmente Libres. En esa conversación —tan contundente como necesaria— Marina subraya la necesidad de desmontar el modelo romántico de amor posesivo que perpetúa la violencia:
El reto de la formación docente
Uno de los puntos ciegos de muchas estrategias de educación afectivo-sexual es la falta de formación específica del profesorado. Porque no basta con tener buenos materiales o actividades atractivas si quienes deben implementarlas no se sienten seguras, preparadas o respaldadas para hacerlo. Numerosos estudios (incluidos los realizados por EMARGI) coinciden en señalar que la mayoría de docentes se sienten poco capacitados/as para abordar temas como el consentimiento, la diversidad afectiva y sexual o el impacto de la pornografía en la adolescencia. Romper con la cultura del silencio no es solo una cuestión de voluntad, también de recursos y de formación continua. Por eso, cualquier política educativa seria en este ámbito debe incluir a los equipos docentes como protagonistas, no como meros transmisores.
Eficacia probada en la prevención de la violencia sexual
A raíz de nuestras investigaciones hemos comprobado que el compromiso social y, en especial, del entorno familiar de los y las menores, es fundamental para su educación sexual integral y, concretamente, para la identificación de todas las formas de violencia que pueden llegar a sufrir, lo cual es el primer paso necesario para prevenirlas. En nuestras encuestas, cuando les preguntábamos dónde han recibido educación sexual, la mayoría lo ha recibido en un solo frente, en una etapa educativa: principalmente, recuerdan la secundaria como la fase en la que recibieron esa educación sexo-afectiva. Pero luego los hay también que dicen haberla recibido en primaria y en sus propios hogares. Pues bien, sorpresa para nadie: quienes han recibido educación sexual en las dos etapas educativas y en casa son más capaces de identificar situaciones de violencia.
Buenas prácticas que ya están transformando las aulas
Frente al enfoque moralizante del “deber ser” y al modelo biologicista que reduce la educación sexual a la prevención, algunos centros educativos en España están empezando a dar el salto hacia una educación sexo-afectiva integral, transversal y basada en la igualdad. No se trata solo de sumar una charla puntual en Secundaria ni de repetir advertencias sobre embarazos o infecciones de transmisión sexual. Hablamos de una transformación educativa que atraviesa el currículum, que interpela a toda la comunidad y que pone en el centro las emociones, los vínculos y el deseo.
Este modelo, aún lejos de estar generalizado, sí cuenta ya con referentes sólidos. Uno de ellos es Skolae, el programa del Gobierno de Navarra que trabaja desde 2017 con alumnado de 0 a 18 años. En 179 centros navarros, niños y niñas aprenden desde la infancia a convivir en igualdad, a respetar la diversidad y a cuestionar las violencias normalizadas. No solo es uno de los programas más amplios y sistemáticos del Estado: también ha recibido el reconocimiento de la UNESCO con el Premio Internacional de Educación de las Niñas y las Mujeres. Su propuesta se basa en más de 200 actividades didácticas y en la formación específica de más de 2.300 docentes. Pero, como todo avance feminista, también ha enfrentado resistencias. Algunas familias han intentado frenar su obligatoriedad en los tribunales, recordándonos que el derecho a una educación sexo-afectiva sigue en disputa.
En Catalunya, el Departament d’Educació ha impulsado Coeduca’t, una propuesta que ya se aplica en más de 300 centros desde tercero de Primaria hasta cuarto de ESO. A través de tutorías, espacios grupales y actividades adaptadas a cada etapa, el programa aborda de manera explícita y sistemática la sexualidad, la igualdad y la perspectiva de género. Es decir: no relega estos temas a una charla aislada ni los deja en manos de la voluntad individual de un profesor. Los integra en el corazón de la escuela. La previsión era extenderlo a todos los centros en el curso 2021-2022, y aunque aún no es universal, ha demostrado que otra manera de educar sí es posible.
En esa misma línea de trabajo, aunque desde la iniciativa social, se sitúa la campaña integral de EMARGI, que acompaña a centros educativos durante todo un curso escolar con una propuesta que no se limita al alumnado, sino que involucra activamente a familias y profesorado. Esta campaña se desarrolla en tres fases. La primera es formativa y se dirige al alumnado, al profesorado y a las familias. A través de sesiones específicas, se abordan las raíces estructurales del machismo, el impacto del porno, la genealogía del feminismo y nuevas formas de entender la sexualidad y las emociones. La segunda fase implica al alumnado en la creación de una acción artística o comunicativa que traslade a lo público su mirada transformadora. La tercera recoge y analiza todo el proceso como parte de una investigación pionera en colaboración con la universidad, que se comparte públicamente en una jornada final.
La ley ya lo exige: la educación afectivo-sexual es un derecho
Aunque muchas veces se presenta como un tema polémico o como un añadido voluntario, la educación afectivo-sexual ya está reconocida como un derecho educativo y una obligación legal en nuestro marco normativo. Tanto la Ley Orgánica de Educación (LOE) como la Ley Orgánica de salud sexual y reproductiva establecen de forma clara que debe garantizarse una formación integral, con perspectiva de género, que promueva la igualdad, el respeto a la diversidad y la erradicación de violencias.
En su artículo 25, la LOE establece que “se fomentará de manera transversal la educación para la salud, incluida la afectivo-sexual”, lo que implica que esta formación no debe limitarse a sesiones puntuales, sino integrarse de forma estructural en todas las etapas educativas. Asimismo, el preámbulo de la ley ya reconoce entre sus principios “el respeto a la diversidad afectivo-sexual y familiar” y la coeducación como base para la igualdad.
Por su parte, la Ley Orgánica 1/2023, que modifica la ley de salud sexual y reproductiva, va incluso más allá al establecer que los poderes públicos deben garantizar:
- El acceso universal a la educación afectivo-sexual.
- Su inclusión en los currículos educativos en todas las etapas.
- La prevención de abusos y violencias sexuales desde una edad temprana.
- Servicios especializados y accesibles para el acompañamiento de la juventud.
- El acceso gratuito a productos de gestión menstrual en centros educativos.
Estas leyes no solo legitiman, sino que obligan a las administraciones públicas a incorporar la educación afectivo-sexual de manera sistemática, basada en derechos humanos, perspectiva de género e interseccionalidad. El reto, por tanto, ya no es normativo: es político y pedagógico. La pregunta que debemos hacernos no es si debemos hacerlo, sino cómo lo hacemos mejor, con más profundidad y mayor alcance.
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